sábado, 9 de septiembre de 2017

Algo que surge, como de la nada


Parece rutina, parece que ni siquiera necesita ser pensado, algo simple, que surge.
Cuánto no necesito aprender, pues ya lo sé. Cuánto espacio entonces me queda, a mí, en mí, para todavía poder imaginarme cosas, vivirme en un instante sin imágenes previas.

Decimos Presencia, cuando no hay nada sabido en la mente del ser, entonces solo cabe lo nuevo, aunque, y esto es paradójico, lo nuevo sea totalmente viejo; pero al no ser pensado previamente, el solo aparecer sin más, sin precisar acción de un pensamiento separado del mi-yo que creo que soy, ahí surge ese estado de Presencia Plena, y eso se nota, se percibe en el ser que invita a otro ser a compartir ese estado sublime de la vida expresada amorosamente. Simplemente no existe el pensamiento. Nada.

Este movimiento no requiere en verdad movimiento. De regreso a lo paradójico, un movimiento que no requiere movimiento, parece algo inexistente, y en verdad lo es, o parece que lo es. Inexistente, no está, y a la vez -está- quien se muestra en este estado de Presencia, pues es vista o más bien observada, sentida, Presencia.

Vaivenes, idas y venidas, escrituras que se borran por arte de magia, como si el mismo lápiz, medio afilado, se percatara de los errores de quien le chiva lo que debe escribir. Todo se mueve, sin saber porque. La veracidad de cualquier movimiento, incluso la justificación de que eso sea, pasa por una realidad admitida mentalmente, al ser comparada con otra realidad previamente aprendida y recogida en el archivo secreto de cada ser, incluso el humano, para posteriores usos, si fuese necesario, que, aquí, lo es.

La Presencia no tiene contrarios ni a favor, no lo precisa, pues en ese caso habría tomado una decisión que no es suya, sería como irse a un lugar para el que no está preparada, no me atrevo a decir programada.

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